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Un crimen para encubrir otro

por Ana María Sanhueza

Un crimen para encubrir otro

Buscar a alguien pobre, bueno para beber, que viviera solo. Esa fue la instrucción que recibió un equipo de la CNI, en julio de 1983, para echar tierra sobre el asesinato de Tucapel Jiménez con el montaje de un suicidio con carta autoinculpatoria. El elegido fue un carpintero cesante y separado de Valparaíso, cuyo sueño era ahorrar para tener luz y agua potable en su casa. Sin tener idea de política ni de quién era el presidente de la ANEF, Juan Alegría Mundaca fue víctima de uno de los crímenes más aberrantes de la dictadura.

«M

amá, me están siguiendo unos huevones y usted no me cree». El carpintero Juan Alegría Mundaca llevaba por lo menos un mes diciéndole a su madre que lo seguían unos hombres. Estaba seguro de que cada vez que salía de su casa y caminaba rumbo a su trabajo como nochero en el mirador que la Marina Mercante construía en el cerro Playa Ancha, en Valparaíso, alguien lo vigilaba desde un auto con vidrios polarizados.

«Pero, Juan, ¿quién te va a seguir si somos pobres y no tenemos enemigos?». «Me siguen en un auto y se quedan en el monolito mirándome. ¡Son como cinco, mamá!», insistía el carpintero.

Rosa Mundaca lo miraba incrédula. ¿Y si era una más de las bromas de su hijo? No olvidaba que uno de los varios apodos que tenía en el barrio era El Chacotero. Tampoco le cabía en la cabeza que alguien se tomara la molestia de seguir a un hombre que era tan pobre que ni siquiera tenía luz ni alcantarillado en su casa. ¿Para qué? ¿Qué sentido tenía si no había nada que robarle?

Para el 11 de julio de 1983, el día en que lo mataron, Juan Alegría vivía solo en una precaria vivienda de madera tipo A que él mismo había construido en Playa Ancha. Se había separado hacía seis meses de Esmeralda Castillo. Tenía tres hijos. Los dos mayores, Marcela y Juanito, de doce y nueve años, vivían con su abuela Rosa. Francis, de un año y medio, estaba con su madre en Casablanca.

A sus treinta y tres años, Alegría atravesaba por uno de los peores momentos de su vida: a su soledad se sumaba la pobreza. Hacía tiempo que no lo llamaban para hacer arreglos en casas de Valparaíso y solo conseguía trabajos esporádicos en los que ganaba el sueldo mínimo.

Pese a su complicada situación, ahorraba para instalar agua potable. Un sueño que tenía era que sus hijos mayores se fueran a vivir con él. Pero era difícil mientras no tuviera alcantarillado y electricidad. Por mientras, se las arreglaba yendo a comer algunos días a la casa de su madre, también ubicada en Playa Ancha. Otros, se dedicaba a tomar vino tinto y a comer pescado con sus amigos del barrio: el Chepo, el Nano, el Masacrón y el Gato. Se juntaban en El Mercado, un pequeño boliche de su barrio.

Pese a que el dinero escaseaba, el carpintero era un «afortunado» en comparación con sus vecinos, la mayoría aquejados por la cesantía derivada de la crisis económica de 1982. Hasta que consiguió un cupo en el Plan Ocupacional para Jefes de Hogar (POJH), un programa de emergencia municipal creado por el régimen y que se convirtió en el emblema de los desempleados de los años ochenta.

Eran años malos para miles de chilenos, sumidos en el desempleo. Uno de los más preocupados por la precaria situación de los trabajadores era el presidente de la ANEF, Tucapel Jiménez Alfaro, el más importante dirigente sindical del país y alguien a quien el carpintero no ubicaba ni de nombre.

Un sindicalista en la mira
Dos años antes de que Juan Alegría fuera hallado con las muñecas cercenadas, Tucapel Jiménez experimentó en Santiago la misma inquietud del carpintero cuando se percató de que alguien lo seguía. Un auto con vidrios polarizados merodeaba cerca de su casa en Renca, del local de la ANEF y de la sede de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), adonde el dirigente acostumbraba ir a reuniones.

Tiempo más tarde, el propio asesino de Tucapel Jiménez, el exagente de la DINE y de la CNI Carlos Herrera, confirmó que el sindicalista presentía a tal punto que lo matarían que hasta conversó amablemente con sus homicidas minutos antes de morir. «Me llamó mucho la atención que, cuando se le comunicó a don Tucapel Jiménez que estaba detenido, se alegró de sobremanera. Eso me ha llamado siempre la atención, lo contento y feliz que estaba por ser detenido», le comentó Herrera al juez Sergio Muñoz en octubre de 2000, cuando se decidió a confesar el crimen.

Porque, a diferencia del carpintero Alegría, que nunca logró entender por qué alguien podía seguirlo –no tenía militancia ni educación, y ningún interés en la contingencia política–, Tucapel Jiménez sabía que al régimen militar le incomodaba su liderazgo entre los trabajadores y la oposición.

El dirigente fue asesinado el 25 de febrero de 1982. Iba rumbo a una reunión en la CUT, pero nunca llegó. Apareció muerto en el interior de su taxi, en un camino de Lampa, en la Región Metropolitana. Tenía cinco disparos en la cabeza y tres cortes en el cuello. El crimen, tal como lo confesó casi dos décadas después Herrera, había sido cuidadosamente planificado para que pareciera un delito común. Sus asesinos se encargaron de robar su taxímetro, una linterna, una chaqueta, el carné, la licencia de conducir y un reloj.

Los documentos aparecieron al día siguiente en Viña del Mar.

El lugar quedaba apenas a treinta minutos de la casa del carpintero. Y eso selló dramáticamente su destino.

Caceroleos y festival
Cuando mataron a Tucapel Jiménez, la agenda noticiosa aún estaba copada por el Festival de la Canción de Viña del Mar, que ese año tuvo una de las versiones más espectaculares y glamorosas de los ochenta. El despliegue contrastaba con lo que realmente se vivía en Chile: mientras los agentes perseguían a los opositores al régimen militar, en el escenario de la Quinta Vergara se lucían Rafaella Carrá, The Police, Salvatore Adamo, Raphael, Amanda Lear y Miguel Bosé, entre muchos más. Incluso vino como jurado Lindsay Wagner, la protagonista de la serie norteamericana La mujer biónica, un lujo para un país en plena crisis económica.

En la víspera del certamen, mientras el presidente de la ANEF estaba preocupado de llamar a la unión sindical, en Valparaíso Juan Alegría seguía todos los pormenores del Festival de Viña. Simplemente, no le interesaba la coyuntura social y política del país. No así a Rosa Mundaca, su madre, quien sí se atrevió a tocar cacerolas en las primeras protestas contra el régimen. Eso al carpintero no le gustaba. «¡No hagai esas tonteras!», le decía a su mamá.

Tan desconectado estaba de la realidad que en su familia aseguran que, cuando apareció en las noticias que Tucapel Jiménez había muerto, Alegría no dijo nada.

El crimen produjo un fuerte impacto en el país. Y, curiosamente, fue el propio régimen militar el que pidió, a través de su Ministerio del Interior, que se nombrara un ministro en visita.

El caso recayó en el ministro de la Corte de Apelaciones de Santiago Sergio Valenzuela Patiño, un juez que había hecho su carrera en la justicia laboral y que tuvo el proceso durante diecisiete años sin avances. Hasta que en 1999 fue nombrado en su reemplazo Sergio Muñoz, quien dio un impulso a la causa y descubrió el gran secreto del régimen de Pinochet: que los homicidas de Tucapel Jiménez eran parte de la Dirección de Inteligencia Nacional del Ejército (DINE), algo que intentaron ocultar durante años, pues se trataba del único crimen cometido directamente por el Ejército y no por los servicios de inteligencia que operaron a partir del golpe de Estado.

«Querían limpiar al Ejército porque hasta el momento no tenía ninguna víctima», explica Jorge Mario Saavedra, quien fue abogado querellante en los casos Alegría y Tucapel Jiménez.

A diferencia de otros crímenes, la muerte del presidente de la ANEF se había convertido en un grave problema para varios generales, quienes se percataron del fracaso de su estrategia de hacer creer a la opinión pública que a Jiménez lo habían asesinado delincuentes comunes. Y pese a que Valenzuela Patiño siempre se destacó por la lentitud en sus pesquisas, la parte querellante –los abogados Jorge Mario Saavedra, Aldo Signorelli y Enrique Silva Cimma– hacía sus propias investigaciones para esclarecer el caso. Entre tanto, Saavedra recibió amenazas; en varias ocasiones la CNI le dejó mensajes dentro de su casa de Las Condes y en su oficina, para demostrarle que sabían dónde vivía y qué hacía.

«Alguien solo, pobre, cesante»
Tan complicados estaban los militares con el crimen de Tucapel Jiménez que la CNI ideó un plan para encubrir el homicidio. Para ello, el agente Carlos Herrera dejó su comisión de servicio en la DINE –donde había sido llevado especialmente para cometer el crimen– y regresó a la CNI a cumplir una nueva misión.

«El general Humberto Gordon Rubio me mandó a buscar para manifestarme que él estaba en conocimiento de mi participación en el homicidio de don Tucapel Jiménez Alfaro y que, por ese hecho, él tenía la obligación y el mandato de arreglar, según lo dijo en palabras textuales, “la tremenda cagadita que había hecho el Ejército”», confesó Herrera años después.

La misión se le reiteró en febrero del año 1983, mientras Herrera estaba a cargo de la seguridad del Festival de Viña junto con el emblemático exjefe del cuartel Borgoño de la CNI, Álvaro Corbalán. En esa oportunidad, según su relato, Gordon le dijo que «en algún momento se iba a tener que realizar una misión para encubrir el homicidio de Tucapel Jiménez. Pero no sabía cómo, ni cuándo, ni la forma en que se iba a gestar».

Herrera esperó tranquilamente la misión. Hasta que llegaron las instrucciones del día y el lugar: el 11 de julio de 1983, en Playa Ancha.

La orden que le dieron suena tan cruel como el propio crimen: le pidieron que eligiera a alguien pobre, «que fuese bueno para beber, bueno para el trago, dicho más claro, que viviera solo, en una casa que pudiese ser de fácil acceso, sin que se enteraran los vecinos», contó Herrera. «La instrucción fue buscar a una persona sola, cesante, que cuando muriera nadie se preocupara por ella al menos en unos cinco meses», detalla Saavedra.

La búsqueda del candidato para inculparlo del crimen de Jiménez comenzó los primeros días de julio. Uno de los agentes que trabajaba en Valparaíso fue el primero en pasearse por Playa Ancha. Buscó un sector popular y así dio con Alegría. Empezaron a seguirlo, hasta que se dieron cuenta de que vivía solo, que a veces llegaba borracho y que su sencilla casa era fácil de abrir.

La inhumanidad del procedimiento impactó incluso al magistrado Sergio Muñoz, quien ha investigado más de una docena de causas de violaciones a los derechos humanos. «Para mí, el crimen de Juan Alegría es uno de los casos de violaciones a los derechos humanos de mayor gravedad: que se elija a una persona para hacerla responsable de un hecho, y después darle muerte, es algo que sobrepasa cualquier capacidad de comprensión», explica sentado en su oficina de la Corte Suprema.

Han pasado once años desde que recibió la confesión de Herrera y el juez aún se impresiona con la crueldad con que actuaron los agentes en ambos casos, pero particularmente en el asesinato del carpintero. «Generalmente se señala que, desde el punto de vista sicológico, los agentes de seguridad responden a un patrón en el que se les inculca el odio a una persona por su ideología. Pero en el caso de Juan Alegría eso no se da: acá la justificación de la tortura y el maltrato no se cumple, porque se eligió a una persona sola, desvalida y con carencia de redes sociales y familiares».

Una carta
La última vez que Rosa Mundaca vio a su hijo fue el 9 de julio de 1983.

Esa noche, antes de ir a trabajar al mirador, Alegría visitó a sus hijos Marcela y Juanito en casa de su abuela Rosa. Jugó con ellos lotería y después comió carbonada y una ensalada de lechuga con salmón y cebolla. Luego, en la mesa tiró unos dados junto a su cuñado Luciano García, el esposo de su hermana Alicia. Su madre le preparó una vianda para que llevara al mirador: dos panes con fiambre y un frasco con café. Junto con ello su hijo echó en su bolso de tevinil una bufanda y un gorro. Sería un turno largo y frío. Porque, si hay un cerro en Valparaíso donde el viento sopla fuerte y helado, ese es Playa Ancha.

Al día siguiente, el carpintero se había comprometido a llevar a Juanito a ver un partido de fútbol en una de las tantas canchas del barrio. «¡Este se olvidó de que tiene hijos!», se quejaba en voz alta Rosa cuando pasaban las horas y el carpintero no aparecía. De pronto, Juan Salinas, un compañero de trabajo en el mirador, les avisó que no se había presentado al turno. «Debe estar tomando otra vez», pensó su madre.

Luego, sin noticias de su hijo durante dos días, la mujer decidió ir a buscarlo. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si no tenía cómo avisar? El 13 de julio, en Valparaíso caía una lluvia torrencial. A Rosa y su yerno Luciano García les costó caminar por el agua y el barro que escurrían cerro abajo. Más difícil todavía fue entrar hasta el sitio donde el carpintero tenía su casa, porque no había pavimento.

Nadie abrió cuando golpearon a la puerta. García fue el primero en asomarse por la ventana. Vio a Alegría tirado en su cama y sonrió. «Pensé que estaba curado, ya que era bastante bueno para beber», relataría poco después a la Brigada de Homicidios. Pero Rosa, después de 48 horas sin noticias de su hijo, tenía una mala corazonada. Insistió en entrar en la casa.

«¿Está muerto?», preguntó a su yerno. «Sí, pero muerto de curao», respondió García en son de broma. Rosa no sonrió. Angustiada, consiguió un martillo y junto a su yerno quebró el vidrio de una ventana. Lo que vio en la casa la desvaneció.

«Mi hijo estaba muerto. Con Luciano nos abrazábamos, nos caíamos al suelo y nos volvíamos a parar. ¡Yo lo vi! ¡Estaba muerto! Le habían degollado sus dos manos (sic). Nunca se me olvidó esa imagen. Una de sus manitos la tenía caída».

La sangre no solo había mojado la ropa de cama. También salpicó una viga de la casa, la pared y el piso. Un dato del sitio del suceso que curiosamente pasó desapercibido entonces fue la huella de la pisada de un zapato. Para el juez Muñoz, que observó las fotos del lugar del crimen, revelaba que alguien más que el carpintero había estado allí: era el único espacio del suelo que no estaba ensangrentado.

De pronto, en medio de su llanto, Rosa vio que sobre un baúl había una carta. El mensaje estaba escrito en papel roneo y con lápiz de pasta azul. La mujer no podía creer lo que leía: su hijo Juan se culpaba del crimen de Tucapel Jiménez y le encargaba que cuidara a los niños. También pedía disculpas por haberse suicidado:

«Esta historia no me la van a creer, pero el finado Tucapel Jiménez se me parese por todas las noches y yo no quise matarlo, y yo no sabía quien hera solo quería agarrarle un billete asartar unos dos taxistas y venirme pero el se me resistó y cuando le dispare a la cabeza, y no moría, saqué el cuchillo y selo enterre en el cuello, se lo rebolbí pero no sabía lo que hacía y que hera él. Le chupe la plata sus documentos, el taxímetro y cuando supe quien hera lo boté pero me guarde la linterna porque haveses no tengo lus, y la plata que no eran mas de $1.000 me persigue día y noche y yo no quiero seguir bibiendo. Perdoname mamita y cuidame a mis huachitos julio 1983 Juan Alegría M.»

Rosa quedó paralizada. De inmediato recordó que el día en que mataron al presidente de la ANEF ella había sido la única de la familia que lo lamentó. También hizo memoria y pensó que era imposible que su hijo hubiese viajado a Santiago. «El día que mataron a Tucapel Jiménez, mi hijo trabajaba en la ampliación de la casa de un doctor en el cerro San Juan de Dios. No podía estar en dos partes. Pensé de inmediato que lo habían obligado a escribir esa carta».

Rosa no estaba equivocada. Pero tendría que esperar diecisiete años para saber la verdad.

Contarles a los hijos del carpintero que su padre había muerto fue lo más difícil. Los niños habían sufrido mucho. Poco antes de irse a vivir con su abuela Rosa habían pasado por un hogar de menores en Valparaíso. Fue una tía quien esperó a que llegaran de la escuela y les avisó: «Ustedes tienen que ser fuertes para lo que les voy a decir: a su papá lo encontraron muerto en su casa».
Los hermanos cayeron al suelo. Lloraron toda la tarde.

«Demasiado perfecto»
Algo no cuadraba en el sitio del suceso: era tan perfecto que llegaba a ser burdo.

Junto a la carta suicida, Rosa Mundaca encontró un billete de mil pesos, una linterna, una chaqueta y una botella de vino blanco. Aparentemente, su hijo había estado tomando alcohol. Pero algo le «hizo ruido»: Alegría solo tomaba vino tinto.

Rosa no era la única que tenía dudas. En Santiago, el abogado Jorge Mario Saavedra, querellante en el crimen de Tucapel Jiménez, viajó a Valparaíso apenas se enteró de la muerte del carpintero. Desde el comienzo quiso que ambas causas se acumularan: estaba seguro de que una misma persona había cometido los dos homicidios. «Siempre supe que era un crimen. Era imposible que Juan Alegría se hubiera suicidado porque nadie que tiene cortes tan profundos en las venas puede cortarse la otra mano», explica.

Según el parte policial, la data de muerte había sido a las 14:00 del 11 de julio, el mismo día en que el carpintero quedó de llevar a su hijo a mirar un partido de fútbol.

Alegría tenía dos heridas con corte de ligamento en las muñecas. Una era de seis centímetros y la otra de cinco. Y pese a que por sentido común era imposible que una persona se hubiese hecho cortes de esa profundidad, se estableció como la causa posible de muerte «anemia aguda por heridas cortantes de tipo suicida». Días después, el entonces Instituto Médico Legal la confirmó y el caso quedó caratulado como «suicidio de Juan Alegría Mundaca» en el Sexto Juzgado del Crimen de Valparaíso. Solo su vínculo con Tucapel Jiménez hizo que llegara a oídos de la prensa y que, posteriormente, fuera remitido a Santiago como parte de los expedientes de Valenzuela Patiño.

El viernes 22 de julio, más de una semana después del hallazgo, el vespertino La Segunda tituló en portada con grandes letras: «EXCLUSIVO: SE SUICIDÓ IMPLICADO EN EL CASO TUCAPEL». La nota no incluía el nombre de Alegría Mundaca, pero explicaba que en su poder se hallaron especies del dirigente sindical y una carta, en la que el suicida se inculpaba de asesinar a Tucapel Jiménez para robarle. Bastó este «golpe noticioso» para que los otros medios se lanzaran a conseguir la identidad del presunto suicida, así como los detalles del vínculo de este caso con el crimen del presidente de la ANEF.

El móvil del homicidio de Tucapel Jiménez era más que evidente: al régimen le molestaba su influencia y liderazgo porque era el único líder sindical capaz de desestabilizarlo. Pero, ¿por qué la CNI eligió justamente a Juan Alegría para encubrir el crimen?

Cinco hombres y una misión
La última vez que Rosa Mundaca vio a su hijo, Alegría le insistió en que lo vigilaban. «Me están siguiendo unos huevones y usted no me cree».

El carpintero no se equivocaba. Al salir de la casa de su madre, cinco hombres lo esperaban en la calle. Eran los mismos que lo habían seguido durante varios días: los agentes de la CNI Carlos Herrera, Álvaro Corbalán, Francisco Zúñiga y otros dos sujetos de menor rango: Armando Cabrera y Hugo Alarcón, conocidos en los cuarteles como «el Viejo Charlie» y «El Pera».

De Playa Ancha los agentes lo llevaron a una casa en Concón. Lo esperaba Osvalo Pincetti, alias «el doctor Tormento», un colaborador civil de la CNI que se dedicaba a hipnotizar a los presos políticos en medio de las torturas. Le dieron alcohol.

«Una vez empezada nuestra conversación, le hice algunas preguntas, respondiéndome que se llamaba Juan Alegría, que era carpintero y que fue detenido por desconocidos en la vía pública. Transcurridos unos dos a tres minutos, me percaté [de] que su estado de ebriedad era casi extremo, se podría decir casi borracho. Su falta de razonamiento y su fuerte hálito lo demostraba, por lo tanto sería imposible hipnotizarlo…», contó Pincetti a Valenzuela Patiño en 1992, aunque luego lo desmintió.

Tras obligarlo a escribir la carta, los agentes regresaron junto a Alegría a su casa en Playa Ancha. Lo llevaban a la rastra, abrazado a ellos, simulando ser un grupo de amigos borrachos. El carpintero apenas podía caminar por su estado de ebriedad. De ahí que les fuera tan fácil recostarlo en la cama y asesinarlo: un agente lo agarró de las piernas, otro de los brazos, y un tercero le cortó las venas.

Lo siguiente fue aun más simple: pusieron la carta sobre el baúl y dejaron la chaqueta y la linterna de Tucapel Jiménez dentro de la casa. En el suelo, bajo la mano derecha de Alegría, que colgaba de la cama, depositaron cuidadosamente una hoja de afeitar.

Dos días después, Rosa Mundaca entró en la casa y encontró a su hijo muerto.

Las condenas
En agosto del año 2000, la Corte Suprema condenó a presidio perpetuo como autores del homicidio calificado de Juan Alegría Mundaca a los oficiales de Ejército Carlos Herrera Jiménez y Álvaro Corbalán Castilla, y al carabinero Armando Cabrera Aguilar. Todos ellos cumplen hoy su condena en la cárcel de Punta Peuco.

Osvaldo Pincetti fue sentenciado a diez años de presidio en calidad de cómplice. El «doctor Tormento» murió en junio de 2007 en la Posta Central, donde se encontraba internado por una demencia senil severa. Francisco Zúñiga había muerto en 1991.

En 2005, en un fallo dictado por el juez Sergio Muñoz tras una reapertura del caso, también se condenó a cinco años de cárcel al exchofer de Corbalán, Hugo Alarcón Vergara, quien actualmente se encuentra en libertad. Un año antes, en 2004, la familia del carpintero fue indemnizada con 120 millones de pesos, luego de que se comprobara que Juan Alegría Mundaca fue asesinado por agentes del Estado.


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